
Los grandes hijos del occidente post-colonial llevaban décadas estancados en un proceso de enrocamiento que Tocqueville popularizó con el término de "antiguo régimen". En las colonias de ultramar comenzaban a bullir movimientos que pedían más autonomía para el como americano (primeros desmarques de lo que vendría después con la independencia de Estados Unidos). Y en Francia y Alemania comenzaba a extenderse una ola de intelectualismo sin precedentes que llamaron "Ilustración".
De toda esta maraña de acontecimientos, de esa forzosa y bizarra unión del absolutismo monárquico y del progresismo de la ilustración, nació el concepto del "Despotismo ilustrado".
Federico II de Prusia, Luis XV de Francia o Carlos III de España fueron ejemplos de esta tendencia que trataba de adoptar los ideales de racionalismo y progreso a los estándares de esa monarquía. Y todo ello se resumió en una frase simple y con mucho eco en la historia: "Todo para el pueblo... Pero sin el pueblo".
El despotismo ilustrado marcó el desarrollo de la sociedad durante los primeros 70 años de siglo. Y hubiese durado cientos de años más de no ser por la propia naturaleza híbrida del concepto. El novedoso componente intelectualista resultó ser más inflamable de lo que los propios monarcas se imaginaron. Las ideas de Voltaire (antidespotismo), Montesquieu (separación de poderes) o Rousseau (contrato social) terminaron volviéndose en contra de los ideales absolutistas que los amparaban. Finalmente, en 1776 Washington, Jefferson y cía lograron la independencia de EEUU. Trece años más tarde, Francia se consideraba una república tomando la cárcel de la Bastilla.
Así terminaba el primer periodo de despotismo ilustrado en Europa.
Y sí, digo el primero porque ha habido muchos otros. Ciertamente el intento de aliar ideales reflexivos e intelectuales a la casta gobernante no era nuevo ni siquiera en los tiempos del Antiguo Régimen. Podemos remontarnos a la época griega cuando, por ejemplo, podemos encontrar a un anciano Platón que es llevado a la corte del tirano de Siracusa para ayudarle a gobernar (momento de esplendor del forzudo ateniense que ve la oportunidad de llevar a la práctica su sistema político aristocrático), o a su discípulo Aristóteles, convertido en profesor de clases particulares del joven Alejandro.
Y tampoco ha sido el último. Durante la dictadura de la asamblea francesa (de los Robespierre y cía) los intelectuales era necesarios. También lo eran durante la Rusia soviética o en la Alemania nazi (Heidegger o Schmitt como ejemplos).
Pero hoy en día es más cristalina la presencia de los ideales del despotismo ilustrado en Europa. Y en España lo es aún más. Desde que se instauró el régimen democrático actual, la constitución española de 1978 ha permanecido impasible ante los cambios sociales. Han pasado 31 años desde que el Rey la aprobó y no se han registrado cambios.
Cuando se sancionó se proclamó como el documento origen y fundamento del establecimiento de la democracia (ergo, de la justicia, de la libertad, y de la igualdad) en España. Se podría decir que el poder volvía a manos del pueblo. "Todo para el pueblo", ¿Recuerdan?
Sin embargo en pleno siglo XXI hay cosas que merecen, cuanto menos, una revisión a fondo. Al fin y al cabo, no podemos aceptar que nuestro coche tiene averías, sabiendo que ha recorrido más de 100.000km, sin querer revisar su funcionamiento.
Y es que el sistema político se escapa de ese control que tanto cedían al pueblo allá por finales de los 80. Los partidos políticos hegemónicos (PP, PSOE) se vienen siendo beneficiados desde entonces por un sistema electoral que no ha sabido ser un fiel reflejo de la voz de los españoles.
EL PODER DE LOS REDUCTOS

Sería tema de otro post analizar las reveladoras consecuencias que ha tenido para la ciudadanía de los territorios gobernados por partidos locales-nacionalistas el sistema que ha regido este país desde 1978.
Sólo reseñar puntos clave: transferencias en educación o en economía.
EL PODER DE LOS AMIGOS INFLUYENTES
Cuando vamos a votar nos dirigimos a un colegio electoral, cogemos la papeleta del partido que nos de menos rabia, la metemos en un sobre y la introducimos en la urna. En esa papeleta hay una serie de nombres que corresponderán (con un poco de suerte y d'Hondt) en los próximos diputados del parlamento/asamblea.

Con lo cuál tenemos un congreso con unos diputados que actúan como borregos mediante disciplina -ergo: dictadura- de partido.
Por lo tanto, quien nos gobierna no es el pueblo, me temo. Quien nos gobierna son los partidos. Estamos ante una verdadera "Partitocracia.
---continuará---