Aquí nadie, nunca, tuvo un claro destino,
ni un certero objetivo.
En esta ciudad el panadero soldaba sartenes
y el carnicero peinaba crines.
En la iglesia, el médico oficiaba misa
y en la calle, el obispo manejaba el tráfico.
Todas las piezas encajaban con perfección suiza.
.
.
.
Bienvenidos a Meditápolis. Esta ciudad estaba de parranda y acaba de cumplir 20 años.
A estrenar.

